DESCANSAR TAMBIÉN ES HACER COMUNIDAD
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| "En los pueblos el tiempo no se detiene. Simplemente vuelve a tener el ritmo que siempre debió tener" |
Hace unos días leía sobre la filosofía JOMO (Joy of Missing Out), una expresión que invita a disfrutar de aquello que decidimos no hacer. Frente al conocido FOMO —ese miedo constante a perdernos algo—, el JOMO propone todo lo contrario: disfrutar de estar presentes, de desconectar, de aceptar que no necesitamos llegar a todo.
Pensé entonces que, mucho antes de que existiera un nombre para esta forma de entender el descanso, muchos pueblos ya la practicaban sin saberlo.
Porque el verano en un pueblo no suele estar lleno de grandes planes. Está lleno de pequeñas cosas que, sin hacer ruido, nos ayudan a recuperar algo que a menudo perdemos durante el resto del año: la atención hacia quienes tenemos delante.
Allí las conversaciones no tienen prisa.
Las sillas salen a la puerta al caer la tarde. Alguien pregunta cómo están tus padres. Otro recuerda una anécdota de hace treinta años. Caminas por una calle donde cada rincón despierta una historia y acabas desviando el paseo porque alguien te invita a sentarte "solo un momento", que termina convirtiéndose en una larga conversación.
Puede parecer tiempo perdido.
Sin embargo, quizá sea el tiempo más valioso que tenemos.
Cuando el descanso también fortalece la comunidad
Vivimos en una sociedad que suele medir el éxito por la velocidad, la productividad o la capacidad de estar siempre disponibles.
En cambio, las comunidades fuertes suelen construirse justo con lo contrario.
Se construyen con encuentros informales.
Con conversaciones sin objetivo.
Con personas que se escuchan sin mirar el reloj.
Con la confianza que nace de verse una y otra vez.
Quienes trabajamos en desarrollo comunitario sabemos que muchas de las relaciones que después sostienen proyectos colectivos no empiezan en una reunión formal. Empiezan tomando el fresco, compartiendo un café después de una actividad o cruzándose por la plaza.
La comunidad no solo se organiza.
La comunidad también se conversa.
Y esas conversaciones crean algo invisible pero imprescindible: confianza.
Sin confianza es muy difícil participar. Sin confianza cuesta colaborar. Sin confianza apenas existen proyectos compartidos.
Por eso descansar también puede ser una forma de cuidar el territorio.
En el pueblo seguimos siendo quienes somos
Hay otra enseñanza que siempre me emociona cuando vuelvo al pueblo.
Da igual cuál sea nuestro trabajo.
Da igual el cargo que ocupemos.
Da igual si hemos tenido más o menos éxito profesional.
En el pueblo seguimos siendo "la hija de...", "el nieto de...", "el hermano de...".
Lejos de restarnos importancia, eso nos recuerda algo esencial: antes que profesionales somos personas. Formamos parte de una historia compartida y de una comunidad que nos reconoce por los vínculos que hemos construido, no por el puesto que aparece en nuestra tarjeta de visita.
Quizá por eso muchas personas sienten que allí pueden descansar de verdad.
Porque durante unos días dejan de representar un papel.
Simplemente vuelven a ser ellas mismas.
Tres ideas que podemos llevarnos del verano
Más allá del descanso, quizá estos días nos dejen algunas preguntas que también sirven para el trabajo comunitario y para nuestras organizaciones.
1. Crear espacios donde las personas puedan conversar sin una agenda.
No todo encuentro necesita un orden del día. Las relaciones que sostienen los equipos y las comunidades también nacen en los espacios informales.
2. Escuchar antes de proponer.
Las mejores ideas suelen aparecer cuando dejamos de tener prisa por responder y empezamos a interesarnos de verdad por la vida de quienes tenemos delante.
3. Medir el éxito de otra manera.
En un pueblo pocas personas te preguntan por los objetivos alcanzados este trimestre. Te preguntan cómo estás, cómo está tu familia o cuánto tiempo hacía que no volvías. Tal vez esas preguntas también deberían tener más espacio en nuestras organizaciones.
Volver al lugar donde fuimos felices
Cada verano regresamos, de un modo u otro, a lugares que forman parte de nuestra memoria.
Un camino por el que íbamos en bicicleta.
Una fuente donde pasábamos las tardes.
El árbol bajo el que jugábamos.
La puerta donde nos sentábamos con nuestra abuela a merendar.
No volvemos solo para recordar.
Volvemos porque esos lugares siguen ayudándonos a entender quiénes somos.
Y quizá esa sea una de las mayores fortalezas de nuestros pueblos: conservar espacios donde el tiempo compartido sigue teniendo más valor que el tiempo ocupado.
En La Albarquería creemos que construir comunidades vivas no empieza únicamente diseñando proyectos o convocando reuniones.
Empieza escuchando.
Conversando.
Compartiendo tiempo.
Porque los pueblos no solo necesitan personas que hagan cosas.
Necesitan personas que sigan encontrándose.
Y, a veces, la mejor manera de cuidar una comunidad es permitirnos descansar juntos.
En La Albarquería creemos que las mejores ideas nacen cuando las personas se sientan a conversar.

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