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Una idea empieza a crecer cuando sale de nuestra cabeza y se encuentra con otras miradas. |
Hay momentos del año que parecen hechos para empezar.
Y otros, quizá, para comprobar.
El otoño llega y, con él, cambian los días, la luz, el ritmo. Después de los meses de verano, poco a poco volvemos a nuestras rutinas y recuperamos otras maneras de hacer.
Y quizá sea también un buen momento para mirar aquello que hemos puesto en marcha y preguntarnos:
¿Cómo está funcionando?
Cuando tenemos una idea, es fácil enamorarnos de ella.
La imaginamos, le damos vueltas, la ordenamos, la trabajamos y empezamos a construirla. Y durante un tiempo vive dentro de nuestra cabeza tal y como nosotros la hemos pensado.
Pero llega un momento en el que tiene que salir de ahí.
Tiene que encontrarse con la realidad.
Con otras personas.
Con otras necesidades, otras miradas y otras formas de entender las cosas.
Y ahí empieza una parte muy importante del proceso: validar.
Validar no significa buscar que nos digan que sí.
Tampoco significa demostrar que nuestra idea era buena.
Significa escuchar.
Observar.
Probar.
Preguntar.
Y estar dispuestos a descubrir que quizá necesitamos cambiar algo.
Porque no a todas las personas nos gustan las mismas cosas.
Lo que para alguien funciona perfectamente, para otra persona puede necesitar un cambio. Lo que a nosotros nos parece imprescindible, quizá para otra persona no lo sea.
Y eso no significa que nuestra idea esté mal.
Significa que estamos aprendiendo.
Por eso creo que compartir una idea es tan importante.
Cuando la compartimos, deja de ser solamente nuestra.
Aparecen otras preguntas.
Otras posibilidades.
Otros puntos de vista.
Alguien puede descubrir algo que nosotros no habíamos visto. Puede ayudarnos a mejorarla, a simplificarla, a cambiar el rumbo o incluso a descubrir que aquella idea que teníamos al principio podía convertirse en otra cosa.
Y quizá ahí esté una de las partes más bonitas de crear:
entender que no todo tiene que salir exactamente como lo habíamos imaginado.
Estos primeros días de otoño me hacen pensar en eso.
En probar.
En observar.
En hacer pequeños ajustes.
En no tener miedo de cambiar aquello que todavía estamos construyendo.
Porque validar también es eso: dar una oportunidad a una idea para encontrarse con la realidad y aprender de lo que sucede cuando empieza a caminar fuera de nosotros.
Y quizá por eso el otoño sea un buen momento para validar.
Para bajar un poco el ritmo.
Para mirar lo que hemos hecho.
Para decidir qué queremos seguir cuidando, qué necesitamos cambiar y qué merece la pena continuar.
Después de PARAR Y MIRAR, de aprender a observar LA MIRADA, de conectar las piezas en EL TELAR y de dar forma a LA IDEA, llegamos a este último paso.
VALIDAR.
Pero quizá no sea realmente el final.
Porque validar no significa cerrar.
Significa volver a mirar.
Escuchar.
Aprender.
Y decidir cómo seguir.
Porque una idea no crece solamente cuando la trabajamos.
También crece cuando la compartimos. 🌱


